miércoles, 20 de septiembre de 2017

Overdone

It started Tuesday morning. I woke up right before the alarm went off. A sharp pain in my left hand did the trick. I could tell everyone was still asleep; not a single disturbance to that precious –and oh so rare– quietness. I stopped myself from shutting the alarm, almost too sad to broke it off. 

Ten minutes later, everyone was up. The pain wouldn't go away and an itch was starting to accompany it. I searched with no luck through our medicine cabinet, hoping some allergy lotion would help. Ibuprofen, Xanax, some Tums. 

I finally accepted my fate and took a shower. From the bathroom, I heard Mati getting the kids ready. His voice filling every inch of the house, them laughing like their lives were perfect. I felt my finger swelling up. 

By breakfast, it was the size of a small grapefruit. I hid it behind my back so Mati wouldn't see. He'd nag me about not taking my medication, or warn me about the dangers of not being careful with my health. Oftentimes, I felt more like his daughter. I brushed it off, of course. That was his way of protecting us, I told myself. 

I felt the finger pulse as the pink swollen skin stretched to its limits. I wrapped a cloth around it and pretended I was busy. I kissed babies one and two goodbye as Mati grabbed their bags. I think I might have kissed him too, but I can't seem to remember. 

Once they were gone, I analyzed my hand for the first time. What I had discarded as a minor thing had taken over my ring finger and was already spreading. My skin, red at first, was now acquiring an even more sinister purple tone. 

It was the ring. It had to be the ring. I knew wearing it for too long would bring consequences. I knew things would get out of control, and I tried explaining it to Mati but he wouldn't listen. He thought we wanted this. This life. So I went along with it, but I couldn't keep up anymore. 

I tried taking the ring off, but it was pointless. My finger was declaring independence from my body, no longer interested in living the life I had decided for my other nine fingers and myself. 

So I did what any sane person would. I grabbed the kitchen knife, my favorite one, the one I used to chop onions when I was feeling rebellious. I grabbed it firmly with my right hand, and slowly sliced it down my left one –not all the hand, of course, I am no lunatic. 

I applied pressure to my recently acquired stub and stared with disgust at the swollen flesh I had just butchered. The ring was barely noticeable anymore, completely suffocated by the ever-present redness. 

"This is probably a good time to talk to Mati about divorce" I finally said out loud.

jueves, 31 de agosto de 2017

The Green Year

I remember you staring at me with that annoyed conspicuous look you got when you thought I was being irrational.

"So what if our hands are a little green? What's so important about that?" you said. A little was an understatement and you knew it.

We had spent the past couple of weeks watching people rot around us. We assumed our own time was coming but decided to ignore the possibility anyway. "We could always chop them off and try selling them at the Farmer's Market. I'm pretty sure someone could make a smoothie out of them," I suggested. You didn't find it funny.

The greenish tone was only the beginning. Our skin would lose all elasticity and softness. It would start with small spots here and there, that would then grow and expand. Islands that would turn into continents and then one vast Pangea, until the necrosis took over completely.

At first, no one seemed alarmed. Doctors assumed it was caused by tropical food, brought home by naive tourists traveling from remote places. "Completely harmless. Nothing to be worried about," they declared on the news. Celebrities and politicians were just as exposed, and began showing it off like a trophy, claiming inclusiveness. Experts predicted it would go away on its own in the same style it had altered our lives, to begin with, but it didn't.

Eventually, limbs began to detach, causing road blockage and public safety hazards. The streets were suddenly filled with anonymous hands, and ears, and feet, and grief. You became an expert on dodging them every time we went for our walks, but you couldn't ignore them anymore. You couldn't pretend this didn't concern us. We were suddenly faced with the realization there was nothing else to do but to accept our new fate.

"What if it happens to me first? Will it smell?" you seemed curious.

"Maybe. I'll get you poppies to cover it up, though. The arrangements will be your new arms. You'll become the most stylish rotting model to ever grace the Earth" I answered.

"And what if it happens to you first?" You replied.

"Then I expect you to do the same."

That was the last time we ever talked about it.

lunes, 10 de julio de 2017

40

Estelita se consideraba indispensable. 
Tal vez lo fuiste, tal vez lo eras. 

Tus tiempos siempre fueron cortos. Como un delirio febril, o como la desgarradora premura con la que se advierte a la muerte en los últimos segundos. 
Como el infierno mismo transfigurado en mi presencia. Ese momento en el que mi alma se desvanecía, junto a mi moral y mis buenas costumbres. 

Te llevas todo a tu paso. Sin reparo, sin piedad. 

Yo me quedo sola, inocupada. Usada y vacía. 
Preguntándome si vivir en la ignorancia era realmente tan malo. Si hubiera soportado coexistir con ella toda una vida, sin que nunca me hiciera falta más. 
Las lecciones también son importantes. 

Estuviste sobre mí. Me pisoteaste tantas veces que lo empecé a sentir natural. 
Me hice cómplice por no mantener mi palabra. Pero no más, eso ya cambió. 

Esta vez sí es en serio. Son más que amenazas, lo juro. 
Esta vez me despojé de toda noción que consideraba cierta. Te vi a través de los ojos de terceros y presencié lo que tantos ya habían confirmado. Que fui yo quien no entendió tu naturaleza, tan incompatible con la mía. Que yo no haría milagros, ni merecía esperarlos. Que era hora de darme golpes con otra piedra. 

Por eso te dejo, Estela. Porque el masoquismo y la desesperación no se me ven tan bien, y la poca dignidad que aún tengo no ha de ser compartida. 
No te deseo nada, porque ya desearte no es mi problema.

sábado, 13 de mayo de 2017

XIV/04

Debería empezar siendo honesta contigo. Debería decirte la verdad solo porque así fue siempre.

La verdad es que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Ni la más mínima. 
Ya tenía así un tiempo, también es cierto, pero este último mes ha sido una pesadilla.
No es tu culpa, yo sé. Te prometí que iba a estar bien. No ahorita, pero eventualmente.

La verdad es que me aterra ese eventualmente. Me aterra la idea de estar bien sin ti.
De aceptar que ya no te voy a ver más.
No sé qué es lo que estoy haciendo porque no entiendo este nuevo universo del que no eres parte.
No entiendo dónde estás ni a dónde te fuiste.
No entiendo por qué las cosas tenían que pasar así, después de todo lo que planeamos.
No sé cómo carajo ser un adulto porque hoy, más que nunca, soy tan solo un recién nacido que busca cobijo. Que grita desesperadamente para que lo mezan en brazos y cese su llanto.
Pero nadie mece. Nadie cobija. Ya no. 
Sigo esperando ilusamente que alguien solucione mi dolor. Que reaparezcas y me digas que todo va a estar bien.
Pero eso ya no va a suceder.
Y no entiendo, te lo juro que no. 
Solo escucho frases cursis y lugares comunes que, como ambas sabemos, nunca ayudaron a nadie.

La verdad es que no soy valiente, ni fuerte, ni un carajo. Pasé un montón de tiempo pretendiendo para que estuvieras tranquila. Pero mentí. Nunca fui nada de eso. Sigo sin serlo.

Entonces ya no sé qué hacer.
No sé qué hacer más que levantarme todas las mañanas y ocuparme de tareas triviales para que el hueco en el pecho no se apodere de mí. Mantener conversaciones superfluas. Pretender buen humor. Llorar en solitud para que nadie quiera intentar consolarme.

Porque me dueles en el alma y aún no me he acostumbrado a que así será por el resto de mis días.
Y aunque sí quisiera sentirme mejor, en este momento el dolor es todo lo que tengo. No sabría vivir sin él. Al menos no por ahora.

Estás tan presente en todas partes que me cuesta creer que éste haya sido realmente el fin.
No estoy lista para dejarte ir, nunca lo estuve. 
Y aunque sí te prometí que iba a estar mejor, éste aún no es el momento.

Perdóname todo. Te amo por siempre.

jueves, 16 de febrero de 2017

XIII

Sigo esperando que alguien me abrace.

Sé que no vas a ser tú, pero igual te busco, constantemente. 

Sigo esperando que alguien pregunte, que alguien preste atención. 
Sigo esperando que alguien me atrape, antes de caer al piso, derrotada.

Y ya no puedo llorar desconsoladamente en tus brazos como hice más de una vez. Ya no puedo pedirte que me consueles y que me digas que todo va a estar bien, porque tú eres la única a quien le creo esas afirmaciones. 

Ya no puedo suplicarte que calmes mi tristeza, que seas mi ancla. 
Tú ya no puedes hacer eso, ya las fuerzas no te dan.

Y desde entonces he buscado, tantas veces, en tantos lugares, pero es en vano. 
Porque nadie jamás ha logrado confortarme tanto, y probablemente nadie lo logre de nuevo. 
Probablemente viva el resto de mi vida con un huequito permanente en el corazón. Uno que nunca logre sanar pero con el que aprenda a vivir.
Porque tú no lo sanaste, tú no sanaste, y yo no supe como sanarlo tampoco. 
Así que así se quedó.

Estoy intentando aceptar eso. Con todas mis fuerzas.
Mi nueva realidad en la que te convertiste en un bebé indefenso que necesita cuidados.
Intento razonar, pero no tiene sentido.
Así que sólo acepto lo que puedo. Aprecio los minutos en los que te provoca hablar, aunque pasen rápido. 
Aprecio la promesa de vernos pronto. Aprecio las memorias que formamos hace tanto, que afortunadamente son suficientes como para que no acaben rápido. Los momentos que pude haber valorado más. Los realities de cocina y los sitcoms que hace tanto nadie ve, nadie más que nosotras. Las fotos que robe de álbumes olvidados para sentirte más cerca.

Lo guardo todo. Aunque no te des cuenta. Aunque ahora yo esté en algún lugar olvidado de tu memoria.


Tú sigues en mí.

jueves, 29 de diciembre de 2016

XII

Yo debería poder manejar esto. Yo sé. Debería ser una experta. Debería poder hacerlo con naturalidad, como quien lleva toda una vida lidiando con el mismo tema y ya no le teme sino que lo domina. Soluciona.

Pero nunca supe. Aún no sé.

Pasé todo el año intentando enfrentarlo en mí misma, lográndolo sólo de vez en cuando. En esos pocos ratos en los que no me oprimía el pecho impidiéndome respirar. En esos pocos ratos en los que sentí algo de paz, aunque fuera efímera y la consciencia no me permitiera ver más allá.

Y ahora te está pasando a ti. Igual. 
Mentira, peor. Mucho peor. 
Y yo tengo que ser fuerte por ambas. Tengo que guiarte. 
Pero estoy fallando. Una y otra vez.

Yo no estaba lista para esto. 
De todas las veces, de todos los infortunios y situaciones inesperadas, ésta me está ganando. El miedo me está ganando. Ese mismo que tienes tú. Sólo que no te lo digo.

Es que te estás alejando de mí. De todo lo que somos. Lento pero seguro, poco a poco, sin darte cuenta. 
Yo sólo quiero que vuelvas y podamos olvidar que esto sucedió. 
Vuelve, anda. Deshaz esto. Esta mierda sobre la que ninguna de las dos tiene control.

Un año debió haber sido suficiente, pero ya van dos. Y no sé de dónde sacar más fuerzas.
Te estoy fallando. Una y otra vez. 

Y sí lo estoy intentando, en serio, te lo prometo. Esta vez parece no ser suficiente.

jueves, 20 de octubre de 2016

38

Ay, Graci, qué ingenuos que fuimos.

Intentando despertar un cuerpo que hace rato se descomponía.

Tomando sus manos, esperando que nuestro calor fuera suficiente para traerlo de vuelta.

Y quedándonos solo con el fétido aroma de aquello que ya todos olvidaron.

Un pequeño castigo para tan poco juicio.

No me tomó mucho darme cuenta
que tu silencio decía más de lo que tu elocuencia jamás lograría.

Que la soledad hace al querer, más que romántico, inevitable.

Que hablaba sólo desde la nostalgia de lo que se extraña de a ratos.

Y que con los años, probablemente eso también se vaya.

No creo que fueras tú, después de todo. Sí, lo fuiste, por un breve, brevísimo, momento. Pero los desencantos fueron mayores que nuestra fortuna, y de malos ratos no vive nadie.

Tú me querías guardado, en tu cajita; la reserva para cuando los otros planes empezaran a fallar. La situación ideal si decidiera adaptarme a ti. Sumiso, maleable.

Y no.

Sé que encontrarás a alguien más para reemplazarme, pero prometo que ya no duele.
Ya no tanto, ya no casi, pronto no nada.

Ya descubrí que mi vida es mejor sin ti, y te deseo la misma suerte.