miércoles, 6 de diciembre de 2017

XV

De la primera vez que me deprimí recuerdo mi fijación por llorar en el piso.
Nunca públicos. Nunca ajenos.
El de la cocina, el de la ducha, el de la oficina.
El de la habitación de hotel, en unas vacaciones navideñas que pasamos un año planeando pero que arruiné con varios episodios de llanto incontrolable.
El predilecto: al lado de mi cama. En posición fetal, con un par de almohadas, lejos de la puerta, escondida del mundo.

Recuerdo sentarme junto a mamá. Mi cabeza en su hombro, su mano quitándome el cabello de la cara. “Me duele el espíritu,” decía. Era lo único que lograba verbalizar. Le costó entender.

Pasé un par de años yendo a terapia una vez al mes. Olvidando tomar antidepresivos que no hacían efecto. Llorando en sitios inesperados por culpa de ataques de pánicos. No recuerdo cuándo se fue o si se fue del todo, pero sí recuerdo cuándo volvió.

Depresión es ser físicamente incapaz de levantarme de la cama.

Es estar convencida de que mi existencia es irrelevante. Que mis esfuerzos no valdrán la pena porque soy promedio y hay gente mucho más competente que yo afuera.

Es saberme miserable incluso en los momentos más felices.
Es cuestionarme las intenciones de las personas que me quieren.
Es la incapacidad absoluta de conectar con el mundo que me rodea. Es aislarme porque no encuentro otra alternativa.

Su reaparación fue lenta pero certera, poco después de que mamá murió. Compatible con mi duelo, los sentí a ambos abrazarme, cubriéndome poco a poco hasta envolverme del todo.

Un montón de manos se encargaron de que las piezas de mi vida resquebrajada permanecieran en su lugar. Un montón de manos me sostuvieron mientras yo pretendía que podía hacerlo. Intoxicada. Distraída. Quebrada.

Ahora las manos ya no están. El hogar se quedó a miles de kilómetros de distancia.
El hogar desapareció. Murió también hace 8 meses.
Ahora las únicas manos responsables de que las piezas no se extravíen son las mías. Mis manos pequeñas e incapaces.

Desde entonces retomé la terapia. Una vez a la semana, esta vez sin pastillas.

Depresión es ser incapaz de apreciar los lugares más impresionantes que haya visitado, o las cosas buenas que me han pasado, o la gente que he conocido. Es también sentirme como una malagradecida al respecto.
Depresión es preguntarme cuántos días podría quedarme en un vagón de metro sin que nadie se diera cuenta.
Es llorar hasta el cansancio sin saber por qué. Hasta que los ojos arden, hasta que respirar por la boca es la única opción. Hasta que la cara se hincha y las uñas dejan marcas en la piel.
En lugares públicos. Frente a extraños. Por cualquier cosa. Por nada en específico pero por todo a la vez. Anhelando consuelo que no termina de llegar.

Es ser incapaz de hilar ideas coherentes. Es tener pesadillas cada vez que duermo. Es escribir un montón de basura. Es dejar de escribir porque los resultados no valdrán la pena. No es romántica ni inspiradora. Es paralizante.

Es la imposibilidad de vocalizarlo todo. Es la falta absoluta de empatía. Es el desánimo. Son las respuestas hirientes para alejar porque no ha de ser compartida. Es la lástima en los ojos de terceros.

Es descuido al punto del asco: prendas de ropa que dejaron de estar limpias hace semanas pero que siguen en rotación, sábanas que deberían haber sido cambiadas, el plato de la cena junto a mi almohada haciéndome compañía mientras duermo. Son las flores que compré hace más de un mes y que siguen en el florero, marchitas, casi podridas, porque no soy capaz de intervenir.

Es no querer despertar en las mañanas. Es que las pequeñas victorias sean no haberme quedado encerrada todo el día. Es hacer todo lo posible por sentirme mejor, intentarlo con todas mis fuerzas, y que igual no sea suficiente. Es no conseguir refugio. Es preferir la nada.

Es la peor versión de mí misma que se niega a permanecer oculta.

Pero por sobre todas las cosas, es un desbalance químico. Es mi cerebro no produciendo suficiente serotonina. Es una predisposición genética. Una condición médica que soy físicamente incapaz de controlar y que no siempre logro sobrellevar. Nunca había logrado hablar públicamente de ella, pero creo que ya es hora.

Me duele el espíritu.